Existía en un reino lejano un rey que solía castigar a sus súbditos desobedientes cortándoles la cabeza, pero un día recapacitó sobre este castigo y decidió cambiarlo. A partir de entonces, a los condenados se les arrancaba primero el cuerpo, para que así tuviera tiempo de arrepentirse mientras la cuchilla les atravezaba el cuello y al bajar la vista, lo último que veían era como su cabeza se separaba del resto de sus partes. 
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