miércoles, 6 de julio de 2011

LA CUENTA, POR FAVOR

Resultaba curioso que solo soñara con comida, teniendo en cuenta lo flaco que era. Pero era solo cerrar los ojos y de repente ya estaba en el mismo restaurante de siempre. El de los manteles a cuadros y las fotos de futbolistas colgadas en la pared. Entonces, tan solo bastaba un ademán al camarero y los platos empezaban a desfilarle por su mesa. Con los cubiertos o con las manos, engullía la comida con tal gula, que parecía como si llevara días sin probar bocado. Y mientras más roncaba, más saboreaba con lentitud de su banquete. De esta forma podían pasar horas, hasta que se despertaba justo cuando le iban a traer la cuenta para no tener que pagarla. Ese fue su ritual onírico durante meses. Pero una noche, en pleno ocaso de su sueño, mientras estaba a punto de llevarse una pata de pavo a la boca, el dueño del restaurante y los camareros le propinaron por todas las veces que se había escabullido sin pagar una paliza de la cual no se volvería a despertar nunca.    
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domingo, 26 de junio de 2011

INCESTO TELEVISIVO

Estela Barroco había dejado de ser una niña, tanto en la vida real, como en la pantalla. Incluso su personaje en  Nido de Tontos había empezado a ir a la universidad. Y es que Estela se había transformado en una despampanante señorita a la que en el mundo de la farándula se le relacionaba con algunos de los galanes más cotizados del país, todo y que a decir verdad, su gran amor era Alejandro Montería, su padre en la ficción.
El romance había empezado en los camerinos del Estudio 4. En una noche en la que la escena que grababan los dos se fue alargando. Para ese entonces, Montería ya había notado que la mirada inocente de su supuesta hija había cambiado. Pero él le restó importancia, pensando que solo se trataba del típico comportamiento coqueto de las jovencitas de su edad. Sin embargo, ella hacía años que estaba enamorada de él en secreto, impulsada por una retorcida fantasía que tenía que ver con el encanto semipaternal que siempre había encontrado en Alejandro. Por eso no paró con las insinuaciones hasta tenerlo en sus redes.
Para Estela fue como un sueño hecho realidad. Para él en cambio, su affaire con Estela era en un principio nada más que otro de los caprichos de su codicia sexual. Por eso, para ninguno de sus compañeros de elenco resultó una sorpresa, una vez el escándalo se destapó, dado que ellos conocían perfectamente la fama de mujeriego y borrachín que Montería se gastaba. Eso sí, mucha gracia no les hizo al comienzo, pensando en las posibles consecuencias. Que al final no se cebaron con la telenovela, como lo demostró la subida del índice de audiencias, sino con Montería, quien para la opinión pública terminó convirtiéndose en un paria.
Al final, la gente no fue capaz de disociar la realidad de la ficción, hasta el punto en el que las abuelas del país empezaron a salir a la calle con paraguas, no por si llovía, sino por si se encontraban a Montería. Durante días la nación se vio envuelta en un gran debate moral. Salieron los curas, las recatadas, las feministas y hasta los más fatalistas a dar su opinión. Se habló del fin del mundo, de Sodoma y Gomorra, de los límites de la degeneración, tanto que al presidente de la república le tocó intervenir.
Dos años más tarde la telenovela llegó a su fin. No por rating, sino por la desbancada masiva de sus actores principales, quienes pasaron a otros proyectos tentados por una recompensa mayor. La primera en abandonar la serie fue Estela Barroco. A ella le llovieron las ofertas en cine y televisión, convirtiéndose así en una de las estrellas más prometedoras del panorama artístico nacional. Todo lo contrario que su ex amante, Montería, para quien conseguir otro rol se convirtió en una tarea bastante ardua. Desprestigiado, denigrado y con sobrepeso, terminó tirando la toalla después de haber pasado una pequeña temporada en la cárcel. Desde entonces, la única persona que le dio una mano fue su antigua jefa, la directora de un colegio de monjas, quien le ofreció su antiguo puesto de profesor.

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sábado, 18 de junio de 2011

UNA DE ROEDORES

Las masas saltaron de júbilo mientras el renombrado científico de los ratones anunciaba a sus congéneres su último invento: una trampa para cazar gatos que por fin les permitiría ajustar cuentas con su histórico verdugo. Orgullosos de este nuevo artefacto, los ratones sacaron la trampa al pasillo, colocándole como cebo un enorme trozo de queso, porque en fin de cuentas queso era lo único de valor que tenían.
Impacientes, los ratones esperaron la caída de algún gato, pero en su lugar, atraídos por el queso, los únicos que se acercaron fueron dos ratones despistados, quienes se habían perdido el anuncio del científico. Uno de ellos fue por el queso, mientras que el otro, que se quedó esperándolo al borde de la trampa, poco pudo hacer cuando se activó el mecanismo y la barra metálica le cayó encima, rebanando su cuerpo en dos pedazos.

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lunes, 6 de junio de 2011

EXCESO DE AGALLAS


Ya le había pasado que la respiración le fallaba, pero últimamente era más frecuente que algo en el tórax se le atorara. Era como si fuera incapaz de que el aire le entrara, por más que forzara los pulmones al máximo. Claro que lo peor era de noche, mientras dormía, entrando y saliendo de fases de ahogo al mismo tiempo en el que se revolcaba entre las sábanas. Por eso un día, manejado por el dolor, se fue hasta el malecón y se metió al mar, sin saber que justo cuando el agua le cubrió la nariz, un enorme alivió iba a abrazarlo. Parecía como si hubiera vuelto a nacer de nuevo. Al final solo necesitó que sus ojos se adaptaran al agua salada para continuar y entonces siguió, sin rumbo, adentrándose más y más en el océano, lo más lejos posible de la tierra firme.


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miércoles, 1 de junio de 2011

LA VISITA



Es común que haya asesinatos en la cárcel que se planean desde afuera. A veces pasa hasta al revés. Tan solo basta una llamada de una celda y los días del finado son contados. Por su parte, creía que un trabajo interno hubiera sido más eficiente. No entendía por qué sus jefes lo mandaron a dar el recado, con lo poco que a él le gustaban las cárceles. Mientras los guardias lo requisaban antes de entrar a la visita, se acordó del revolver que se dejó en el carro y de lo inútil que se sentía sin él.
En el cubículo pasaron unos minutos antes de que el preso se le sentara enfrente. Entre ellos, había un vidrio gordo que los separaba. Al verse, ambos esperaron un corto segundo antes de tomar el teléfono al mismo tiempo.
Solo un rato después de empezar a transmitir el mensaje se dio cuenta que había algo raro. El preso estaba sonriendo, y eso que su tono amenazante iba subiendo. Ahí fue que se dio cuenta que había caído en una trampa. Que era a él al que iban a despachar. De un salto intentó reaccionar, pero de inmediato sintió las manos de los guardias reteniéndolo. Antes de cerrar los ojos mientras recibía las puñaladas, lo último que vio fue la sonrisa del preso al colgar el teléfono.  

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domingo, 15 de mayo de 2011

PRODUCTOR DE SUEÑOS


Por más increíble que parezca, Gregorio Capuleto llevaba veinte años sin soñar, casi los mismos que llevaba en el poder. Desde entonces la fila de médicos que se presentaba en el palacio presidencial para aliviar sus noches en blanco, no hacía más que aumentar. Por todos los medios trataron de reparar el proyector en su cabeza, pero era como si tuviera desactivado el inconsciente.
Al final, viendo que nada funcionaba, el dictador empezó a hacerse a la idea de irse para siempre a la cama sin los condimentos que los sueños le otorgan al reposo. Pero un día, durante una cena en la embajada italiana, conoció a un laureado productor cinematográfico que le prometió ayudarlo con su problema. Al principio Capuleto no le creyó, pensando que simplemente se trataba de otro charlatán que fracasaría en su intento de hacerlo soñar.
La gran diferencia era que el productor hablaba muy en serio, como pudo comprobar dos días más tarde, cuando una tropa de actores, escenógrafos, guionista y expertos en efectos especiales, desembarcó en el palacio presidencial. El plan del productor era muy simple: si los sueños no venían de manera natural, los reproduciría de manera artificial. Para eso, mandó a montar una tarima en la inmensa habitación del tirano, justo delante de su cama.
Una vez construido el escenario, lo único que faltaba era que  Capuleto se metiera entre las sabanas. Para eso tuvieron que esperar hasta  la media noche, cuando el tirano dio su beneplácito al productor para que empezara la función mientras terminaba de acomodar su cabeza en la almohada.
El espectáculo que de repente se le presentó frente a sus ojos era simplemente abrumador. Los actores interpretaban su papel con el mayor de los realismos, a pesar de que sus acciones y sus diálogos a veces se desviaban de la normalidad sin seguir los parámetros de la racionalidad, rozando lo absurdo y careciendo por completo de cualquier tipo de continuidad en el tiempo. Igual que en un sueño.
Y mientras tanto, sus parpados se hacían más pesados, como si el que estuviera sosteniendo el telón ya no aguatara más y la cuerda se le fuera escapando de las manos, hasta que las pestañas se tocaron.  
Hacía tanto tiempo que no pasaba una noche tan placentera. Más que nada porque por fin había logrado rellenar el vacío de sus sueños. Su felicidad era tal, que cuando volvió a ver al productor, lo recibió con aplausos, diciéndole que esperaba ansioso la hora de irse de nuevo a la cama para ver el siguiente montaje.  
En esos momentos Capuleto pareció tan terrenal, apenas una sombra del despiadado militar que tenía sofocado al país. Claro que eso se debía a que el productor y su equipo le habían dado justo en la fibra, destapando emociones que durante muchos años estuvieron reprimidas. Tanto fue así, que en pocos días, el tirano ya no concebía la idea de irse a acostar sin el espejismo tranquilizador de las representaciones.
Durante meses, los artistas lo transportaron a un sinfín de lugares mágicos. Colgados de alambres invisibles, volando por la habitación, apareciendo y desapareciendo de la nada, adornaron sus noches de fantasía hasta que una vez, mientras dormía profundamente, tuvo por si solo un sueño verdadero. En él, aparecía el productor sentado en un trono vestido de oficial del ejército. En el sueño, el productor no hacía más que dar órdenes, al mismo tiempo en el que pateaba a sus súbditos. A decir verdad, esta imagen duró muy poco. Eso sí, antes de que se difuminara por completo, le pareció ver por unos escasos segundos el mapa de su país. De ahí en adelante, todo se hizo borroso.     
Al día siguiente, Capuleto se levantó con una sonrisa en la boca. Por más que lo intentara, no podía ocultar su buen humor. En la ducha hasta cantó un par de estrofas de sus boleros favoritos. Incluso, se dio el gusto de bromear más de la cuenta con sus asesores mientras trataban asuntos más serios. En el desayuno, pidió que le pusieran un huevo de más y estuvo comiendo de corrido hasta casi la media mañana. Una vez acabó, se limpió la boca con la servilleta y le ordenó a su ayudante que fuera a buscar al productor para fusilarlo.

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sábado, 30 de abril de 2011

MADERA FINA

Su asco a la tierra venía de lejos, de los tiempos en los que apenas era una simple semilla. Por eso, ahora que era un árbol alto y corpulento, se sentía tan ahogado viendo que estaba rodeado. Pero eso no era lo peor. Lo peor era cuando llovía y todo se empantanaba. Ahí casi que se iba de para atrás con lo pegajosa que la tierra quedaba. Con un horror profundo rogaba para que el impacto de las gotas no lo salpicara. Sobre todo en las hojas, sus partes más apreciadas y las que de ninguna manera le gustaría ver manchadas por la alfombra sucia de la tierra.
En esos momentos hubiera dado lo que fuera para ser una mata colgante y así estar lo más alejado posible del suelo. Día a día empezó a estirar sus raíces, empinándose poco a poco, como si estuviera en cuclillas, para apartar su tronco de la tierra. Sentando todo su peso abajo para salir de donde estaba enterrado, logró establecer una distancia considerable con la materia enemiga. Pero esto no le bastó e impulsado por su repulsión, siguió apuntando alto y cada vez más alto, hasta que las raíces ya no aguantaron y el árbol se fue hacia un costado, con el agravante de acabar rodando por una montaña. Un sinfín devueltas después, el árbol aterrizó en una trocha polvorienta, embarrado de arriba abajo.

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