domingo, 15 de mayo de 2011

PRODUCTOR DE SUEÑOS


Por más increíble que parezca, Gregorio Capuleto llevaba veinte años sin soñar, casi los mismos que llevaba en el poder. Desde entonces la fila de médicos que se presentaba en el palacio presidencial para aliviar sus noches en blanco, no hacía más que aumentar. Por todos los medios trataron de reparar el proyector en su cabeza, pero era como si tuviera desactivado el inconsciente.
Al final, viendo que nada funcionaba, el dictador empezó a hacerse a la idea de irse para siempre a la cama sin los condimentos que los sueños le otorgan al reposo. Pero un día, durante una cena en la embajada italiana, conoció a un laureado productor cinematográfico que le prometió ayudarlo con su problema. Al principio Capuleto no le creyó, pensando que simplemente se trataba de otro charlatán que fracasaría en su intento de hacerlo soñar.
La gran diferencia era que el productor hablaba muy en serio, como pudo comprobar dos días más tarde, cuando una tropa de actores, escenógrafos, guionista y expertos en efectos especiales, desembarcó en el palacio presidencial. El plan del productor era muy simple: si los sueños no venían de manera natural, los reproduciría de manera artificial. Para eso, mandó a montar una tarima en la inmensa habitación del tirano, justo delante de su cama.
Una vez construido el escenario, lo único que faltaba era que  Capuleto se metiera entre las sabanas. Para eso tuvieron que esperar hasta  la media noche, cuando el tirano dio su beneplácito al productor para que empezara la función mientras terminaba de acomodar su cabeza en la almohada.
El espectáculo que de repente se le presentó frente a sus ojos era simplemente abrumador. Los actores interpretaban su papel con el mayor de los realismos, a pesar de que sus acciones y sus diálogos a veces se desviaban de la normalidad sin seguir los parámetros de la racionalidad, rozando lo absurdo y careciendo por completo de cualquier tipo de continuidad en el tiempo. Igual que en un sueño.
Y mientras tanto, sus parpados se hacían más pesados, como si el que estuviera sosteniendo el telón ya no aguatara más y la cuerda se le fuera escapando de las manos, hasta que las pestañas se tocaron.  
Hacía tanto tiempo que no pasaba una noche tan placentera. Más que nada porque por fin había logrado rellenar el vacío de sus sueños. Su felicidad era tal, que cuando volvió a ver al productor, lo recibió con aplausos, diciéndole que esperaba ansioso la hora de irse de nuevo a la cama para ver el siguiente montaje.  
En esos momentos Capuleto pareció tan terrenal, apenas una sombra del despiadado militar que tenía sofocado al país. Claro que eso se debía a que el productor y su equipo le habían dado justo en la fibra, destapando emociones que durante muchos años estuvieron reprimidas. Tanto fue así, que en pocos días, el tirano ya no concebía la idea de irse a acostar sin el espejismo tranquilizador de las representaciones.
Durante meses, los artistas lo transportaron a un sinfín de lugares mágicos. Colgados de alambres invisibles, volando por la habitación, apareciendo y desapareciendo de la nada, adornaron sus noches de fantasía hasta que una vez, mientras dormía profundamente, tuvo por si solo un sueño verdadero. En él, aparecía el productor sentado en un trono vestido de oficial del ejército. En el sueño, el productor no hacía más que dar órdenes, al mismo tiempo en el que pateaba a sus súbditos. A decir verdad, esta imagen duró muy poco. Eso sí, antes de que se difuminara por completo, le pareció ver por unos escasos segundos el mapa de su país. De ahí en adelante, todo se hizo borroso.     
Al día siguiente, Capuleto se levantó con una sonrisa en la boca. Por más que lo intentara, no podía ocultar su buen humor. En la ducha hasta cantó un par de estrofas de sus boleros favoritos. Incluso, se dio el gusto de bromear más de la cuenta con sus asesores mientras trataban asuntos más serios. En el desayuno, pidió que le pusieran un huevo de más y estuvo comiendo de corrido hasta casi la media mañana. Una vez acabó, se limpió la boca con la servilleta y le ordenó a su ayudante que fuera a buscar al productor para fusilarlo.

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http://purl.org/dc/terms/" href="http://purl.org/dc/dcmitype/Text" property="dct:title" rel="dct:type">PRODUCTOR DE SUEÑOS por http://creativecommons.org/ns#" property="cc:attributionName">Federico Rojas Puyana se encuentra bajo una Licencia Creative'>http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/">Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.





sábado, 30 de abril de 2011

MADERA FINA

Su asco a la tierra venía de lejos, de los tiempos en los que apenas era una simple semilla. Por eso, ahora que era un árbol alto y corpulento, se sentía tan ahogado viendo que estaba rodeado. Pero eso no era lo peor. Lo peor era cuando llovía y todo se empantanaba. Ahí casi que se iba de para atrás con lo pegajosa que la tierra quedaba. Con un horror profundo rogaba para que el impacto de las gotas no lo salpicara. Sobre todo en las hojas, sus partes más apreciadas y las que de ninguna manera le gustaría ver manchadas por la alfombra sucia de la tierra.
En esos momentos hubiera dado lo que fuera para ser una mata colgante y así estar lo más alejado posible del suelo. Día a día empezó a estirar sus raíces, empinándose poco a poco, como si estuviera en cuclillas, para apartar su tronco de la tierra. Sentando todo su peso abajo para salir de donde estaba enterrado, logró establecer una distancia considerable con la materia enemiga. Pero esto no le bastó e impulsado por su repulsión, siguió apuntando alto y cada vez más alto, hasta que las raíces ya no aguantaron y el árbol se fue hacia un costado, con el agravante de acabar rodando por una montaña. Un sinfín devueltas después, el árbol aterrizó en una trocha polvorienta, embarrado de arriba abajo.

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miércoles, 20 de abril de 2011

PROTOCOLO PARA APLAUDIR EN EL AVIÓN

Es triste, pero a los colombianos nos piden visa hasta para ir al infierno. La policía encontró el cadáver del agente de inmigración embutido en un dispensador de bebidas de la terminal 4. A esa misma hora Rodrigo bajaba por una conocida avenida de la ciudad. Iba sin rumbo, tapando su rostro, con miedo de que lo llegaran a reconocer. Jamás se imaginó que su sueño de toda la vida acabaría en semejante pesadilla. Había intentado llamar a alguno de sus amigos, pero nadie le contestaba. Seguro que estaban esperándolo en el aeropuerto, sin imaginarse siquiera del lío en el que andaba envuelto.
Si al menos tuviera las garantías para poder defenderse. Pero en una tierra extraña resultaba francamente imposible. Además, todas las sospechas apuntaban a él. Había varios testigos que vieron cuando el agente de inmigración le impidió la entrada al país. Una compañera del difunto aun tenía lágrimas en los ojos cuando informó a la policía de los insultos que el sospechoso profirió mientras lo trasladaban a un cuarto contiguo para interrogarlo. Quizás ella exageró un poco al decir que él opuso resistencia. La verdad fue que Rodrigo no quiso ponerse gallito. Lo suyo fue más bien una reacción involuntaria al sentirse amenazado. Además, tampoco llegó muy lejos. Los guardias le cayeron encima de inmediato. Mientras su rostro besaba la alfombra del aeropuerto, sintió como el agente se le acercaba al oído a decirle yo no sé qué cosa de que iba a hacer todo lo posible para que se pudriera en el infierno.
El error que cometieron fue haberlo dejado solo. Apenas vio que no había nadie vigilándolo, comenzó a buscar la manera de escaparse. Igual valía la pena arriesgarse, si lo iban a devolver a su país de todas maneras. Tan solo bastó un pequeño descuido, una puerta mal cerrada y la libertad estaba más cerca. Igual, nadie se creyó que él fuera a desafiar al sistema. Con lo que si no contó fue con el operativo que se armó tras su fuga. Aparte estaba la cuestión del muerto.
<<¿Cuál muerto?>> preguntó él cuando lo agarraron arropado con periódicos en un banco del parque. De eso él no sabía nada, por más que la policía insistiera una y otra vez en sacarle una confesión. Perdido, lloró a moco tendido en un rincón del calabozo. Si no hubiera sido tan tonto de escaparse, seguro que ahora estaría tranquilo en un avión, deportado a su país. Poco a poco se iban perdiendo sus esperanzas, hasta que la celda se abrió. El ruido de las rejas lo asustó. Más que nada porque pensaba que lo iban a freír.
Pero no tenía razones para alarmarse, más bien todo lo contrario. Era alguien de la embajada que venía a informarle que el asunto estaba aclarado. Que las cámaras de seguridad del aeropuerto captaron como un grupo de enmascarados agarraban al agente de inmigración para darle una paliza. Al parecer se trataba de una vendetta hacia el agente por no cumplir con ciertas obligaciones a las que se había comprometido y por las que le habían pagado. Un asunto bastante turbio, que tenía que ver con tráfico de gente y que destapaba un escándalo tremendo que las autoridades se apresuraron en desmentir.

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sábado, 9 de abril de 2011

ESFUERZO INNECESARIO

Era de noche cuando descubrieron las dos cartas de despedida. Al primer cadáver lo encontraron en la cocina, al segundo todavía lo buscaban en el fondo del río. Desde luego que se trataba de un acto de amor, pero también de egoísmo. Ninguno de los dos estaba dispuesto a aguantar al otro, como tampoco tenían el valor de una ruptura. Para ellos, resultaba imposible imaginar que el otro diera el paso hacia adelante que les ahorraría tanto sufrimiento. Pero ambos estaban cansados y dispuestos a buscar la salida más fácil, lejos de este mundo. Quizás para algunos, se trataba de la opción menos digna. Tal vez la más cobarde. Pero eso no significaba que no hubiera sido efectiva. Al final, antes del último respiro, ambos alcanzaron a sentir un ligero destello de felicidad. El uno mientras sus pies tocaban el agua, el otro mientras el frasco de pastillas se le resbalaba de las manos. Aunque la verdad era que solo se trataba del efecto narcótico de su propia estupidez.

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lunes, 21 de marzo de 2011

EL CAMINO DEL CUENTO

Nunca se cuestionó quién era hasta que abandonó la estantería. Por un tiempo se consideró una tragedia griega, pero luego empezó a acumular páginas, inflándose de párrafos, de capítulos, de partes. Pasó del misterio a la aventura, de la ciencia ficción a la novela histórica, hasta acabar hundido en el existencialismo.
Fue el espectáculo más triste de presenciar, incluso más que el desvalijamiento de un emperador. Se le empezaron a caer las hojas, a escarapelársele la portada. En sus horas más bajas llegó a prestarse para grandes despropósitos: biografías baratas, western de bolsillos, poemario político, manuales de urbanidad, fueron algunos de sus lastres. Él que había albergado la gloria y la providencia, la ira y la desidia, el dolor y el eterno sufrimiento; apenas encontró descanso suplantando un pedazo de madera para avivar el fuego de una chimenea.

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domingo, 20 de marzo de 2011

MARGOT


Abran paso, abran paso. Papá, soy Margot. Vine a pedirle perdón por haber dejado que se muriera. Pero no crea que no he pagado con sangre por mis pecados. Todo y que lo único de lo que soy culpable es de haberme enamorado del que no era. Aun recuerdo la primera vez que vino a casa. Usted casi se fue de pa atrás cuando abrió la puerta. Parecía como si acabara de  ver al diablo. Creyó que venían por usted. Que alguien le había denunciado. Apenas le volvió el color cuando supo que la vaina era conmigo. Que quería cortejarme.
Y no es que eso le hiciera a usted mucha gracia, porque sabía que Efraín era un tipo de temer y que él era el que mandaba. Pero yo era una muchacha ingenua, dispuesta a hacer lo que fuera con tal de irme con él pal monte. Lo que menos me importaba era que en el pueblo me llamaran puta. Eso sí, lo que me enfurecía es que me trataran de traidora. Yo lo único que buscaba era evadirme de una vida controlada por el miedo. Y solo lo conseguí entregándome a los brazos del que lo generaba.
Pero eso no significaba que se me hubiera borrado de la cabeza todas las atrocidades de la guerra. Claro que al principio, la mayor parte del tiempo me la pasé levitando. Derretida, viendo como Efraín ejercía su poder sobre la gente. Lo que él decía iba a misa. A su lado, podíamos hacer lo que quisiera. Hasta nos íbamos de fiesta en pleno toque de queda, mientras que a los demás habitantes del pueblo no les quedaba de otra que obedecer juiciositos en sus casas.
Por eso, cuando me pidió que nos casáramos, le dije que sí de una. Yo siempre había soñado con una gran boda. Lástima que el pueblo estuviera tan patas arribas cuando él se me declaró. Vestido no encontré porque al sastre le cerraron su sastrería. Músicos tampoco porque a todos los echaron por viciosos. Pero lo más grave era lo del cura. Desde que mataron al último, la iglesia no había vuelto a enviar a alguien que lo remplazara. Lo único que si había de sobra era flores, sobre todo en los cementerios.
Apenas me tranquilicé cuando Efraín me dijo que no me preocupara, que si era necesario nos íbamos a la capital a que nos casaran. El problema fue que entonces se puso cruda la cosa. Otro grupo armado entró en la zona, reclamando con violencia una tajada del territorio. Ni siquiera se podía tomar agua del grifo, porque decían que habían envenenado el acueducto. Pero Efraín no se quedó con los brazos cruzados. Respondió quemando la casa de cualquier sospechoso de colaborar con el enemigo. Ese solo fue el comienzo del intercambio de hostilidades. Entonces todo pasó a tratarse del que golpeara más duro. La comida empezó a escasear, más que nada porque ¿cómo iban los campesinos a cultivar si la tierra estaba hecha cenizas? Lo único que se podía plantar era los muertos.  
En esas me llamaron a avisarme que a usted lo habían visto flotando en el río. Y lo más curioso es que usted ni siquiera sabía nadar y al final la corriente lo llevó kilómetros y kilómetros abajo, hasta que usted acabó en una orilla, volteado, con un agujero clavado en su espalda. Cuando me enteré supe que no nos podíamos quedar aquí, así que empecé a convencer a Efraín pa que nos fuéramos. Al principio no me hizo caso, pero después vio que a este paso no iba a quedar nadie parado para combatir esta guerra. Por suerte, llamó a un tío que tiene en la capital y éste le dijo que le podía ofrecer trabajo en su carpintería. Quién sabe, quizás algún día, si se pone juicioso, será su propio jefe, como lo fue en este pueblo. A mí la idea de irme me da mucho alivio. Lo único que me sabe mal es dejarlo a usted aquí. Este no es un lugar seguro, ni siquiera para los fantasmas.
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viernes, 11 de marzo de 2011

PEPAS

La anciana lo dejó amarrado en un árbol antes de entrar cojeando al supermercado. Él se quedó mirándola desaparecer a paso lento apoyándose con el bastón. Y una vez ya la dejó de ver, se echó juicioso sobre la acera. En realidad, él no entendía muy bien por qué le tocaba quedarse afuera, pero igual se quedaba resignado, esperando a que su ama volviera a salir. Para él, resultaba imposible comprender que en ese sitio la entrada le estuviera prohibida a los perros, por más que él fuera solo un perro pequeñito, un perro salchicha común y corriente. Por fortuna, él ya conocía la rutina y ni siquiera se tomaba la molestia de intentar ir detrás de la viejita.
De vez en cuando levantaba la cabeza cuando alguien iba a salir, pero al darse cuenta que no era quien él esperaba, volvía a guardar su hocico entre las patas delanteras. La gente que pasaba lo miraba con ternura, algunos hasta estiraban la mano para acariciarlo, mientras él se limitaba a olerlos con cierta indiferencia, como si simplemente no existieran.
Sin embargo, de todos ellos hubo uno que no pudo ignorar. Uno que al acercársele no lo intentó tocar, sino que fue directamente a desamarrarlo. El pobre perro observó sus zapatos confundido, sin saber si tenía que levantarse o no. Apenas respondió al sentir el tirón de la correa que lo condujo lejos del supermercado. Al principio se dejó llevar como si nada hubiera pasado. Solo dos calles más abajo se volteó en busca de su ama, pero el paso rápido del hombre lo hizo olvidarse por un momento de ella, ya que, para no quedarse atrás, estaba a obligado a no dejar de mover sus patas lo más rápido posible.
El hombre se desvió por varias esquinas, lo cual de cierto modo llenó un poco de nervios al animal. Varias veces intentó mirarlo, pero solo se encontró con la perspectiva hasta las rodillas de sus piernas largas. Unos cuantos minutos más tarde, el hombre se metió a un edificio, subió las escaleras, sacó las llaves y abrió la puerta. Solo hasta que se encontraron adentro, se agachó para quitarle el collar.
Un poco descolocado con su nuevo paradero, el perro inspeccionó desconfiado las habitaciones ¿Dónde estaba la anciana? No hizo más que preguntarse. Mientras tanto el hombre caminó hacia la sala, encendió el televisor y dando la espalda, se sentó en el sillón. Entre chillidos, al perro no le quedó de otra que echarse en un rincón. La tristeza en él era evidente. Para nada se sentía a gusto. De vez en cuando lanzaba unos ladridos en forma de protesta, pero nadie le ponía atención.
Pronto los ladridos cambiaron por bostezos, hasta que se quedó dormido. Un rato más tarde sintió un pie que lo removió. Asustado, se levantó de un salto. El hombre caminó hasta la puerta, tomó el pomo y abrió. El perro asomó su hocico en el pasillo y después de unos segundos de duda, cuando por fin se sintió a gusto, se apresuró a salir.
Al llegar al primer piso se encontró con una puerta de vidrio. Para su desgracia se encontraba cerrada y tuvo que esperar un par de minutos para que alguien que viniera de afuera le abriera. Ya solo le faltaba poco para ser libre. Las ansias aumentaron tan pronto escuchó el ruido de la llave removiéndose en la vieja cerradura. Estaba tan desesperado por salir, que apenas se puso a correr se resbaló, claro que de inmediato se levantó, tan rápido, que al que le abrió la puerta apenas le dio tiempo de moverse para que pasara.
Solo un par de calles más allá, bajó el ritmo. Mirando hacia ambos lados continuó, intentando afinar su orientación. Encomendándose a su nariz, buscó algún rastro que lo llevara donde la anciana ¿Por qué el hombre le permitió salir? Esa pregunta jamás se le cruzaría por la cabeza. Brincando de una acera a la otra, siguió intentando encontrar a su ama, moviendo cada músculo de su enclenque cuerpecito. Tomando las esquinas como quien se hunde cada vez más en el laberinto.

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