lunes, 13 de septiembre de 2010

CON SANGRE ENTRA

La respuesta estaba en la letra. Esa era la clave para descubrir al asesino. Los poemas, en realidad no desvelaban nada, salvo la cursilería y la frustración de quien los escribía. El solo hecho de leerlos representaba una tortura. Por eso, cada vez que encontraban un cadáver, era él el que deseaba estar muerto para ahorrarse la repulsión que le producía su lectura.
Como investigador y máximo responsable de este caso pasó horas intentando descifrar el significado verdadero de esos versos hasta que llegó a la conclusión de que estaba siguiendo la pista equivocada. Entonces se concentró en la caligrafía y su investigación empezó a arrojar mejores resultados.
Gran parte de este hallazgo se lo debía a su madre, quien al ver una foto de la escena del crimen, le comentó que la letra que aparecía escrita en aerosol era idéntica a la que a ella le enseñaron en el colegio de las Pachas. Ya decía él que había algo que se le hacía familiar en este asunto.
Mientras más indagaba, más peso tomaba esta teoría. Al comparar las variaciones de la letra entre un colegio y otro, descubrió enormes diferencias. Por un lado, los trazos de la letra que buscaba eran más delicados y respingados. Bastante delicados a pesar de los complejos movimientos que requiere su realización.
Sin embargo, había un pequeño detalle que no encajaba. Solo hasta que fue al colegio cayó en cuenta que existía una pequeña diferencia entre la letra al lado de los cadáveres y la que impartían en la actualidad. Esto se debía, según se enteró más tarde al revisar los archivos escolares, a que la maestra que dictaba la asignatura cuando su madre aprendió a escribir, una monja franciscana de origen vasco, tan solo duró un año en el colegio. Después de ella vino otra que duró cerca de 50 años enseñando el mismo estilo hasta su retiro, cuando fue remplazada por una alumna de ella que ni siquiera era monja.
Eso reducía bastante el número de sospechosos. A partir de ese momento se concentró solo en las alumnas que estudiaron con su madre. Encontrarlas a todas no fue fácil, algunas habían muerto y otras se habían ido a vivir al exterior o a otras zonas del país. Eso sí, las que vivían en la ciudad terminaron siendo llamadas a prestar declaración, a la vez en que les pedían que escribieran en una pared con aerosol.
De todas las que se presentaron, solo dos de ellas la escritura no concordaba. Una porque sufría una artrosis que limitaba el uso de sus manos. A la otra en cambio no le pasaba nada en las manos y sin embargo su caligrafía no estaba a la par de la de sus compañeras. Esto la descartaba de pleno, aunque en su actitud se notaba que ocultaba algo.
Al final, fue un pequeño movimiento que la terminó delatando. Mientras salía de la comisaria, sin saber que aun la estaban mirando por la ventana, quedó patente que la mujer no solo se desempeñaba con la mano con la que había escrito, la derecha, sino que en realidad era su mano izquierda la dominante.
Más tarde, durante su confesión, la mujer desveló que toda la vida había sido zurda, pero que su madre sistemáticamente le prohibió usar la mano izquierda para todo, argumentando que eso no era de señoritas y apelando a un profundo catolicismo que asociaba el uso de la mano izquierda con alianzas con el diablo.
Desde entonces, aunque nunca se consideró en realidad ambidiestra, aprendió a comer, a escribir, a tocar la guitarra y hasta a matar con la mano derecha. Aunque en secreto siguió cultivando la zurda y para demostrarlo tomó la lata de aerosol, se levantó de la silla y se acercó a la pared. La pintura empezó a vislumbrar una línea que subió y bajó formando una ele que en la cresta tenía un ojal parecido a por donde pasa el hilo en las agujas.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.






No hay comentarios:

Publicar un comentario