miércoles, 19 de julio de 2017

CONFESIONES DE UN OFICIAL ALEMÁN

Hollywood me lo dio todo. Después de la guerra partí hacia América en busca de fortuna. Por nada en del mundo quería quedarme en ese ambiente de tristeza en el que estaba sumergida Alemania. Nueva York me pareció espectacular, pero adaptarme al principio me resultó bastante difícil. Afortunadamente conté con la ayuda de unos compatriotas, quienes me aconsejaron que me mudara a California. Como antes de la guerra trabajaba en los estudios de la UFA, ejerciendo de ayudante para algunos directores expresionistas, me dirigí hacia la meca del cine con la idea de hacerme un hueco en la industria cinematográfica. Empecé de carpintero, construyendo decorados, hasta que conseguí mi primera oportunidad.
Un día, mientras rodaban una escena de una película acerca de la Segunda Guerra Mundial, los productores se encontraron con que les faltaban extras. Así que me ofrecí voluntario. Mi primer papel fue corto. Solo tenía que aparecer haciendo guardia en uniforme de soldado alemán, mientras alguien se me acercaba por detrás, me tapaba la boca y me clavaba un cuchillo en la espalda. Apenas se trató de una pequeña escena, sin embargo, la emoción de encontrarme frente a la cámara fue enorme.
Después del rodaje volví a mi puesto de carpintero. Esta vez recreando escenarios de la época de los mosqueteros. Aunque en medio de los martillazos soñaba firmemente con ser actor, estaba convencido de que el papel anterior sería mi primer y último en la gran pantalla. Con lo que no contaba era que al director que de la película en la que aparecí le gustó mucho mi trabajo, así que me llamó para su siguiente proyecto. Supongo que quedó encantado con la forma como torcía los ojos cuando me entró la puñalada.
Casualidades de la vida, mi siguiente película también fue de género bélico. De nuevo repetí el rol de soldado alemán. En esta ocasión disparaba desde una torre una ametralladora, hasta que una granada me caía al lado,  haciéndome volar en pedazos. Aunque mi objetivo no era encasillarme en el mismo papel, el estudio siguió empeñado en que actuara de nazi. Todo y que yo hubiera repudiado con toda mi alma el circo que montaron esos cerdos en mí país.
De algún modo, resultaba bastante irónico verme en el uniforme que durante la guerra me causó tanto terror. Sin embargo, con el tiempo dejaron de darme escalofríos cada vez que me contemplaba en el espejo y la costumbre se hizo tan fuerte en mí, que llegué a colocármelo en mis ratos de ocio. No sin un poco de remordimiento en mi conciencia.
Después de veintidós películas como figurante, por fin me llegó la oportunidad de tener un pequeño parlamento. Solo se trataba de un par de líneas, pero eso ya era todo un adelanto. En la película salí haciendo guardia, fumándome un cigarrillo y de repente descubro a un par de aliados y doy la voz de alarma gritando "Achtung". Ellos por su parte me disparan y yo caigo frito.
Quién iba a pensar que a partir de ese filme cambiaría todo. Tras esa película me enrolé en el sindicato de actores. Desde ese momento comencé a recibir más llamadas de mi agente. Así fue que por fin pude comprarme un Lincoln. Desafortunadamente muchos amigos míos, inmigrantes también, no corrieron la misma suerte que yo. Ellos se negaron a apuntarse al sindicato y terminaron pagando caro por ello. No volvieron a conseguir papeles y fueron perseguidos, como persiguieron a mucha gente en mi país por querer ser diferentes. Era como una caza de brujas, y mientras todo eso pasaba, yo guardaba silencio. Claro, fue un acto cobarde por mi parte, porque no estaba de acuerdo. Al principio hice la vista gorda, pero eso iba contra mis principios. Por eso ayudé a mucho de ellos a conseguir algún medio para ganarse la vida lejos de los platones.
De resto, poniendo a un lado la parte oscura del sindicato, ese se trató de un periodo dulce de mi vida. Nunca fui famoso, pero algunas personas, los amantes del cine bélico me reconocían en la calle. Se acordaban de mi cara. Durante todo el tiempo que trabajé en el cine llegué a conocer a muchas estrellas. Inclusive, trabajé con ellas. Siempre admiré a otros compatriotas que alcanzaron la fama mundial. Gente como Marlene Dietrich, por ejemplo. También quedé fascinado con Lubitsch, Preminger, Lang y Wilder, aunque los tres últimos eran técnicamente  austriacos o de lo que alguna vez se conoció como Austria. Sin embargo, mi película favorita no es ni alemana, ni americana. Se llama La Gran Ilusión. Es una película no de la Segunda, sino de la Primera Guerra Mundial. La dirigió Jean Renoir y en ella aparecía Jean Gabin y un excelente Erich Von Stroheim. En este último fue en el que me basé para mis trabajos, porque aunque luchara de parte del enemigo, siempre conservaba ese lado humano que potencializaba la dignidad.
Con películas como esas te das cuenta de lo importante que es el cine. Para mí solo existe algo más grande que el universo y eso es la imaginación. Es más, la imaginación es un universo en sí. Por eso no entiendo que alguien sea capaz de echar a perder esa enorme capacidad que tiene el cine de transformar la vida de las personas. Aunque solo sea por un instante. Aquel en que nos olvidamos de todos nuestros problemas.
¿Cómo pueden ser tan viles de pensar que el cine es una mera mercancía? Entre los productores inescrupulosos, el ego de las estrellas y los sindicatos algún día acabarán con el cine. Como había dicho antes, al principio cerré la boca respecto a cualquier decisión del sindicato con la que no estaba de acuerdo. Pero después no pude evitar criticarlo.
El detonante de esta nueva postura fue una huelga que se realizó justo cuando el estudio estuvo a punto de irse a la quiebra. Sin un éxito solido en muchos años, lo último que necesitaban era al sindicato saboteando los rodajes, solo por el beneficio de los miembros de la cúpula. No, no estaba de acuerdo con la dirección que estaban tomando. Yo no quería que los directores pensaran que los actores éramos unos mercenarios.
Claro que no todo lo que hizo el sindicato estaba mal. Gracias a su postura en cierto periodo obtuvimos unos beneficios que nos aseguraron mucha estabilidad. Nuestro trabajo era como cualquier otro. Éramos obreros del arte. El sindicato nos consiguió un seguro por si caíamos enfermos y hasta cobertura dental. Lástima que mi mujer se haya largado con el dentista. Pero de resto era como contar con una protección celestial. Recuerdo que solo fui una vez al hospital. Por fortuna, el seguro se encargó de todas las factura.
Caí enfermo durante el rodaje de una película sobre los juicios de Núremberg. Estábamos filmando las escenas del principio, recreando la atmosfera de un discurso del führer. El director artístico había logrado un trabajo estupendo. Había miles de extras concentrados, escuchando las palabras del tirano fascista.
Todo fue tan real, que me pareció estar en uno de esos discursos, cuando iba obligado a escuchar toda esa basura que salía de su boca, sobre lo grande que éramos y cómo íbamos a recuperar todo lo que nos habían quitado. De repente, mientras el director decía acción, empecé a marearme. El horror volvió a mi cabeza y la nausea me invadió sin que yo pudiera oponer mucha resistencia. Yo interpretaba el papel de un escolta del führer y de repente, mientras llevaban un par de rollos de película, me desplome hacía el frente, golpeándome contra el suelo y temblando de fiebre.
Una vez recuperado volví a trabajar, pero como no estaban filmando ninguna película bélica, probé suerte en los western. Sin embargo, mi corta aportación en el género de vaqueros pasó sin pena ni gloria. El problema era que mi relación con el sindicato se había enfriado. Ellos no estaban de acuerdo con mis críticas, así que empezaron a marginarme parcialmente. De todas maneras, eso fue irrelevante. Yo ya me había hecho amigo de un par de directores y fue gracias a ellos que volví a ponerme el uniforme.
Aunque solo sería para una última película. En ese entonces el sindicato decretó otra huelga general. Ningún actor podía participar en ningún rodaje hasta que los estudios no aceptaran sus exigencias. Aunque muchos no estaban de acuerdo con la huelga, decidieron acatarla. Yo sin embargo me opuse. Pero tenía una buena razón para hacerlo. Un amigo director me había ofrecido el papel de mi vida. El que llevaba años esperando. Interpretaría a un agente nazi que decide traicionar al régimen pasando secretos a los aliados. Esta vez la fantasía me permitió hacer lo que la historia me negó. Era mi manera de reivindicarme por lo que había dejado que le hicieran a mi país. En esa película podía hacer todo lo que no me atreví hacer en el pasado.
Participar en esta película logró despertar la ira del sindicato. Ellos nunca me lo perdonaron. Pero tengo que decir que valió la pena. Fue un filme que hicimos casi que en secreto, rodando en España y en Yugoslavia, junto a otros actores americanos, a quienes el sindicato también acabó castigando. No les gustó para nada y hasta nos boicotearon el estreno. Pero lo que más les dolió fue sentir que yo les ganaba la batalla. Desde entonces me pusieron en su lista negra y no pude volver a trabajar. Utilizaron su influencia y terminaron expulsándome de Hollywood para siempre.
Después de eso me fui para Boston y con un amigo montamos una cadena de alquiler de películas. Sigo en el negocio del cine por fortuna y para tristeza de todos aquellos que creyeron haberme derrotado.
Muchas veces me he planteado volver a la actuación, pero me he cansado de vivir entre explosiones y ruido de metralletas. Ahora solo quiero vivir rodeado de paz, entre la naturaleza, disfrutando de la tranquilidad que casi nunca he tenido. Porque si me pongo a pensarlo, la guerra marcó mi vida. No solo una, sino dos veces. La primera para mal, la otra para bien.                 
   
            
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domingo, 5 de octubre de 2014

CLON SUPREMO

Visto desde otra perspectiva, el experimento de clonar a Jesús no era más que una de las tantas ridiculeces de la ciencia. Y eso que no se trataba del primer personaje histórico en ser clonado. De hecho, una vez superada la fase de la clonación de humanos, la técnica fue evolucionando, hasta que ya no se clonaba a cualquiera. Tenía que haber sido alguien que hubiera sido importante. Aunque lo de ponerse a clonar al hijo del creador, eso ya sobrepasaba todos los límites de lo moralmente correcto.
Más aun teniendo en cuenta que lo único que se podía clonar de él era su cuerpo, ya que su mente y sus recuerdos se habían ido con él a la cruz. Fue por eso que no se dieron cuenta que las muestras de ADN tomadas de la túnica santa para la clonación, no eran de Cristo, sino de uno de sus seguidores de la época.
Fue una confusión imperceptible, dado que su apariencia era bastante parecida a la imagen que por años  nos había vendido la iglesia, salvo por el ajuste étnico de su lugar de procedencia. Por eso nunca se le vio predicando, ni obrando milagros. De hecho, lo único que el falso Cristo conservó del molde original en términos cognitivos fue el lenguaje.
Por eso tuvieron que recurrir a un traductor especialista en lenguas muertas para poder comunicarse con él. Mientras tanto, la voz ya había corrido de la existencia de un clon de Jesús. El revuelo fue monumental. Tanto los fanáticos, como los defensores de la ética, montaron guardia frente a las puertas del laboratorio. Los unos para aclamar al mesías, los otros para demostrar su indignación ante la falta de escrúpulos de la ciencia. Incluso los incrédulos se agolparon ahí para hacer montonera.
Los únicos que no hicieron actos de presencia fueron los curas, pastores, monjas y sacerdotes, quienes optaron por recluirse en sus templos y monasterios, mientras se figuraban qué posición tomar en relación con el clon de su jefe.
Independientemente de la corriente cristiana a la que pertenecieran, todos estaban un poco asustados con cómo sería el trabajo a partir  de ahora, teniendo en cuenta que Cristo estaba de nuevo en la tierra. Incluso el Papa tampoco sabía cómo actuar. Por un lado se alegraba y por el otro no sabía quién le tenía que pedir audiencia a quién. Para calmar a la opinión cristiana, ya había anunciado que pronto se reuniría con el clon, pero cada vez que podía, posponía la cita aferrándose a las excusas más tontas.
No lo hacía por miedo, sino más bien por prudencia. Quizás se hubiera apurado más si conociera la segunda fase del experimento. Porque en realidad, el principal objetivo científico no era la clonación, sino la resurrección.
Por eso, una mañana después del desayuno el clon fue conducido a la terraza del laboratorio, donde le esperaba una cruz. Confundido, miró a los hombres que lo acompañaban: romanos en bata, quienes cuando menos se lo esperaba, lo agarraron por las extremidades para clavarlo en la cruz.
El martillo fue golpeando los clavos, acompañado por alaridos de dolor. Hasta que unos minutos más tarde, ya estaba fijo contra la madera. Casi como si la cruz fuera una extensión de su cuerpo.
Durante horas y horas tuvo que soportar el ardor de la carne. Y solo después de un tiempo, el cansancio se hizo más fuerte que el sufrimiento. Cuando lo bajaron, ya estaba completamente muerto. De inmediato lo pusieron en una camilla y lo dejaron en un cuarto aislado.
Esperaron más de tres días, pero el clon nunca volvió a la vida. Eso sí, mientras los científicos analizaban en qué se habían equivocado, el cielo empezó a nublarse. Los días se hicieron más soberbios, como si  una imperceptible maldición le hubiera caído a la humanidad. De hecho, muchas cosas se echaron a perder después de la segunda muerte de Cristo. Por un lado, el mundo se dividió entre los que creían, los que no creían y los que nunca creyeron. Y en ese momento pasó igual que hace miles de años. Los perseguidos se convirtieron en persecutores, amparados por el nuevo credo de Jesús contra Jesús.  

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sábado, 9 de noviembre de 2013

CALOR DE HOGAR


Un hombre extrañaba tanto el calor de su tierra, que terminó devolviéndose a ella. Lástima que al final acabó muerto; ya que había nacido dentro de un volcán. 

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sábado, 9 de marzo de 2013

NO ÉL


Las discusiones sobre su nombre se alargaron más allá del embarazo y el parto, tanto que a día de hoy no sabía cómo se llamaba. Sus padres aun no eran capaces de decidirse, por eso le daban un nombre cada día; pero luego se arrepentía y al otro día le ponían otro.
Esa era la razón por la cual, cada vez que él se levantaba le preguntaba a sus padres que nombre tenían para él hoy. Era lo primero que hacía, incluso antes de dar los buenos días.
Para él era un alivio cuando por fin le daban un nombre. Se sentía feliz y se la pasaba de un lado para otro repitiendo el nombre que le acababan de dar; como tratando de acostumbrarse a él lo antes posible. Porque a su corta edad, resultaba completamente vital la búsqueda de una verdadera identidad.                                             
Era por eso que le daba tanta tristeza cuando sus padres tocaban a la puerta, mientras él aun jugaba, para informarle que habían cambiado de parecer y que ya no se llamaría de esa manera.
Esta era la dinámica familiar en la que se habían enfrascado. A veces, él no hacía más que desear que el día pasara y que por fin sus padres se decidieran a darle un nombre. Mientras anochecía miraba el reloj con nervios, esperando el momento en el que escuchara el tocar de sus padres en la puerta, sabiendo por dentro en que toda la ilusión que se había hecho, pronto desvanecería.
Hasta que una noche, las horas pasaron y se quedó para el resto de su vida con el nombre que menos le gustaba de todos los que había tenido. 

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viernes, 20 de julio de 2012

UNA ESQUINA CUALQUIERA

¿Qué tan cerca se puede llegar a estar en un semáforo? Estaba concentrado mirando hacia el otro lado de la acera, contemplando la lenta circulación de los carros, cuando justo sintió su presencia. Inmediatamente giró levemente su rostro, al igual que ella. Era la primera vez que la miraba a la cara y cuando lo hizo quedó completamente perplejo. La tenía al lado y podía sentir todo el calor de su cuerpo. Por un momento quiso decirle algo, pero ni siquiera alcanzó a abrir la boca cuando de repente cambió el semáforo. Ella empezó a caminar y él dejó que siguiera adelante. Con todas sus ganas deseaba ponerse de nuevo a su lado o al menos que ella se detuviera a esperarlo. Sin embargo nada de esto pasó. Todo lo contrario. Su paso se hizo más lento mientras ella aceleraba, hasta que él ya no pudo ver su preciosa espalda.  
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martes, 26 de junio de 2012

LA TIERRA BAÑADA EN FUEGO

Ingrato es el olvido que por capricho borró cualquier rastro de la época en la que el verdadero amo de la tierra era el fuego. Eso fue antes del principio de los tiempos, cuando las llamas reinaban sobre todas las especies; incluida la humana. Acorralando la naturaleza con sus paredes de humo, mientras hectáreas y más hectáreas chamuscadas cubrían la superficie del planeta.
Fue así como un día, ciego de poder, el fuego convenció al hombre para que lo adorara, poblando las noches de luces y de magia. De ahí que en una villa remota, los habitantes construyeron en su honor una estatua gigante de cera. La estatua estaba basada en el rostro de la hija de uno de sus artesanos y era tal su belleza, que el fuego no tardó en enamorarse de su enorme réplica.
Durante meses, el fuego comenzó a concentrarse cerca de la aldea para estar más cerca de la estatua. Hasta que un día ya no pudo resistir más y fue a abrazarla.
La estatua duró poco tiempo en derretirse: un escaso momento en el que el fuego sintió el amor más intenso de su vida, mientras la arropaba con sus brazos ardientes, hasta que lo único que quedó de ella fue un pegote blanco sobre la arena.
Destruido. Lleno de tristeza, el fuego contempló los estragos de su impulso. El dolor lo fue consumiendo por dentro, haciendo que se empezara a apagar poco a poco, dejando por doquier sus lágrimas secas.
Cuando ya estaba lo suficientemente débil, en total estado de sumisión, un hombre lo levantó y lo llevó a la hoguera donde lo depositó para que ahogara todas sus penas, durante esta y las otras eternidades.

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martes, 27 de marzo de 2012

REY MUERTO

No era el favorito durante gran parte de la campaña, pero sí después del infarto que lo llevó a la tumba.
Lo lógico hubiera sido encontrar un remplazo dentro de su partido para que le tomara el relevo electoral, pero los votantes solo lo querían a él.
Para nada les importaba que estuviera bajo tierra, siempre y cuando fuera él el que los gobernara.
De esta forma arrasó en el escrutinio. Dejando de lado a los demás candidatos. Sin necesidad de segunda vuelta.
Nunca nadie había tenido una toma de poder más emotiva: con su cuerpo siendo traslado al cementerio donde descansaban otros eminentes, pero también extintos ex mandatarios.
En ese entonces, su carisma entre la gente era tal, que al poco tiempo de tomar las riendas del país, se empezaron a notar los cambios.
Lo que antes parecía un barco sin rumbo, terminó convirtiéndose en la primera potencia del continente.
Bajó la inseguridad, bajó la corrupción, bajó el desempleo y hasta bajó el analfabetismo. Incluso se concretó la tregua con los países vecinos.
Fue tanto lo que cambió gracias a él, que  una vez acabado su gobierno, la gente no tardó en considerarlo como el mejor presidente de toda la historia.  

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